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La vivienda también es feminismo

  • Autor de la entrada:
  • Publicación de la entrada:05/03/2026
  • Categoría de la entrada:Comunicados

Ser mujer también significa tener más dificultades para acceder a una vivienda digna, y eso no es casualidad

Hablar de vivienda no es hablar solo de metros cuadrados, hipotecas o contratos de alquiler. Hablar de vivienda es hablar de derechos, de seguridad, de autonomía y, sobre todo, de posibilidades. Y cuando nos ponemos las gafas feministas, la realidad es clara: ser mujer también significa tener más dificultades para acceder a una vivienda digna, y eso no es casualidad.

La brecha salarial sigue marcando nuestras vidas. Las mujeres cobramos casi un 20% menos que los hombres, y esta diferencia no es una cifra abstracta: se traduce en menos capacidad de ahorro, más precariedad y mayor dependencia económica. Mientras tanto, el precio del alquiler es exactamente el mismo. El mercado no tiene en cuenta la desigualdad estructural. Los gastos no bajan porque nuestros ingresos sean más bajos. Y así, lo que aparentemente es una cuestión económica se convierte en una barrera de entrada y en una forma de violencia estructural que limita nuestra libertad.

Cuando hablamos de violencia machista solemos pensar en la agresión física. Pero hay otra violencia, más silenciosa y menos visible, que atraviesa muchas vidas: no poder irte. No poder dejar una relación violenta porque no tienes recursos propios. No poder romper con el agresor porque no tienes a dónde ir. Sin una alternativa habitacional real, la libertad es teórica. Y la independencia, imposible.

Esta realidad se agrava aún más en el caso de las mujeres migradas. Aproximadamente la mitad de las personas migrantes son mujeres, y muchas de ellas sufren discriminación a la hora de acceder a un alquiler. Se les exigen más garantías, se las descarta por su origen o por su apellido, por ser madres, se les cierran puertas sin explicaciones. Eso también es violencia. Eso también es racismo. Un racismo que opera desde el mercado inmobiliario y que expulsa, discrimina y precariza.

La precariedad habitacional también tiene rostro de mujer en las familias monoparentales. Ocho de cada diez están encabezadas por mujeres. Muchas veces sin otros apoyos, con criaturas a cargo, con jornadas parciales o salarios insuficientes. La dificultad para acceder a una vivienda asequible no es solo un problema individual: es una carga que recae sobre proyectos de vida enteros, sobre la reproducción social y que condiciona el futuro de muchas criaturas.

A todo ello se suma una realidad persistente: las mujeres seguimos asumiendo la mayor parte de los cuidados. Cuidamos el doble. Sostenemos la vida cotidiana, a las criaturas, a las personas mayores, a las dependientes, toda la logística invisible que hace que todo funcione. Pero el sistema no nos sostiene a nosotras. La sobrecarga física y mental reduce oportunidades laborales, limita ingresos e incrementa la vulnerabilidad ante cualquier crisis. Cuando el sistema falla, somos nosotras quienes absorbemos el impacto.

La violencia adopta también nuevas formas, como la violencia digital. El acoso en redes, la difusión de imágenes personales, las falsas identidades, son prácticas con las que convivimos diariamente. Desnudar a una mujer con inteligencia artificial sin su consentimiento es violencia sexual digital. Una de cada cinco mujeres jóvenes ya lo ha sufrido. No es futuro, es presente. Es una agresión que genera miedo, ansiedad y exposición pública, y que afecta también a nuestra autonomía y a nuestra seguridad. La tecnología no es neutral cuando reproduce las desigualdades de siempre.

Por eso es importante entender que la violencia no es solo un golpe. Es no poder irte. Es no tener casa. Es no poder empezar de cero. Sin vivienda digna no hay autonomía real. Y sin autonomía, la igualdad es solo un discurso vacío.

Defender el derecho a la vivienda es defender la posibilidad de elegir, de protegerse, de reconstruirse. Es defender la vida. Por eso la lucha por la vivienda es también una lucha feminista.

Ante esta realidad, sin embargo, no estamos solas. Nos organizamos, nos apoyamos, nos acompañamos y nos defendemos colectivamente. Cuando la vulnerabilidad es estructural, la respuesta también debe serlo. La fuerza compartida transforma el miedo en acción y la precariedad en resistencia.

La vivienda no es solo un techo. Es seguridad. Es autonomía. Es futuro.

La vivienda también es feminismo, y defenderla es defendernos.